Con jazz, siempre son buenas y suaves noches. Alzo mi copa y brindo por los músicos de La Chistera, por los asiduos y por cada uno de los que, de forma espontánea, ha salido de entre el público portando su instrumento, ha subido al escenario y se ha unido al show, en este momento todos juntos han improvisado. Así, en el transcurso de la sesión, quien estaba al contrabajo es relevado por un bajista y enseguida se ha aferrado a un saxo, por su parte, el que hasta ahora se afana en el piano ceja y ya se encuentra afinando la trompeta, o el baterista, que en cierto punto delega sus baquetas en un chaval que ocupaba un velador cerca de mi mesa y ahora acomoda los platillos. Brindo por ella, la espectadora que se ha lanzado y nos ha cantado un meloso "Ipanema". Se les ve disfrutar a esos músicos en el encuentro de asueto, se diría que para cada cuál el público no existe, que su cometido es dar lo mejor de su instrumento para la aprobación de esos colegas en escena, de paso, toman una copa y permiten que les veamos. El engrudo de notas no se ha prestado a ensayo pero suena la mar de bien, así es el jazz que se produce en La Chistera, un pintoresco bar sobre un río al pie de una montaña nevada. Los oyentes tan satisfechos. Salud, señores.
UN DOS TRES JAZZ (leer)

















