La vida es una aventura a la que se nace como un pequeño Indiana Jones en cueros. Puede cada cuál tener su propio concepto de aventura, no hay sentadas unas bases que cimenten qué hecho es aventura y qué otro no. Sucede que me duele la espalda. No conozco a quien no se duela de la espalda alguna vez, resulta el precio a pagar por ser animales bípedos, aseveran los académicos. Es la mía una molestia intermitente que no sé si llega a dolor y que no me incapacita para hacer vida normal, pero es lo bastante incómoda para que haya convenido tomar medidas. Así, hace unos meses que acudo a clases de Pilates conducidas por una dulce y solícita chica argentina. No deja la práctica del método Pilates de ser curiosa, asombrosa diría. El fin múltiple de entrenarse con este método consiste en fortalecer la musculatura de la espalda y el abdomen, lo que lleva a una correcta postura corporal, asimismo conseguir el control del cuerpo y la mente, para lo que se ejercita el sentido del equilibrio y la concentración, entre otros logros finales, ya digo. Para trabajar lo anterior, amén de coger las mancuernas a razón de dos kilos cada una y darse el lote, tiene uno que tumbarse sobre una esterilla y entonces ir alternando flexiones con estiramientos de brazos, piernas y tronco, todos ellos con el ombligo lo más pegado posible a la espalda y procurándose uno respiraciones hondas. "Aaaltas, esbeeeltas, elegaaantes", nos va diciendo la profe con tono calmo a poco que nos ha indicado qué ejercicio toca hacer ahora. De otra parte se conoce que para el inventor del método, el fulano Pilates, como mejor se optimiza el entrenamiento es estando el sujeto en absoluta comunión con el Fitball. Este es un balón del mismo volumen de un avestruz y sobre el que, recostado uno sobre las costillas, o puestos encima los tibiales y peroneos, o las rodillas, o los antebrazos o los cuádriceps, o las escápulas u otros, hay que guardar un costoso equilibrio y hacer a la par deslizarse dichas partes por la superficie curva por tiempo determinado y en una posición del cuerpo muy forzada. Recuerda el uso del Fitball al espectáculo circense en buena medida. Estar feliz por hacer Pilates lo estoy, con todo esto. Aunque al parecer no solo de estos ejercicios se ejercita el hombre. Al comienzo del taller, en el mes de octubre, la profesora decide los viernes en lugar de darnos Pilates darnos clase de baile, para así trabajar también la capacidad aeróbica. En lo particular celebré la decisión porque tengo gran gusto por el baile, de manera que los viernes toca bailar una divertida mezcla de géneros. La córeo que nos ocupa en estos momentos es una que adopta, entre otros de salsa y swing, un generoso número de pasos de Hip-Hop. Un engarzado de pasos que tiene que estar pulido para que lo exhibamos frente al respetable público que acudirá en el mes de mayo, a modo de broche del taller, según ha anunciado la profesora. Uno que ejecutarán unas señoras a las que se les ha dicho que para entonces sabrán bailar Hip-Hop, para pasmo mío...El Hip-Hop, por lo demás, es ese estilo de danza al que se da la chiquillería, y con cuyo ritmo los de mi quinta no hemos crecido ni interiorizado. Lo cierto a este respecto es que tengo severas dudas de que el pánico escénico unido a mi sentido del ridículo en estos menesteres, vaya a permitir que suba a ese escenario, que me enrole en esa aventura, pese a que suponga la decepción de mis compañeras y profesora. La vida es una aventura a la que se nace como un pequeño Indiana Jones en cueros. Le duele a uno la espalda, se adscribe a clases de Pilates y un día se sorprende a sí mismo bailando un Hip-Hop imposible frente a un puñado de desconocidos observantes, sin saber muy bien cómo ha llegado hasta ahí. Chesterton debió pensar en alguien como yo al decir: "La aventura podrá ser loca, pero el aventurero, para llevarla a cabo, ha de ser cuerdo".
Sete
Mejor con tu opinión, gracias.